Puerto Deseado

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Historias de barco y ferrocarril

 

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Además de su impactante fauna marina, la ciudad santacruceña de Puerto Deseado llama la atención por hechos históricos relacionados con un barco y una estación de ferrocarril, en las cuales el denominador común es el esfuerzo.

Sandra Kan/texto y fotos

Dormida por siglos frente a las costas de Puerto Deseado, en el noreste de Santa Cruz, Argentina, la corbeta británica Swift, descubierta hace 25 años por un grupo de estudiantes, está dispuesta a contar los secretos de la vida de los navegantes del siglo XVIII.

Su hallazgo, además de traer al presente un tesoro del pasado, brinda a esta localidad patagónica un buen pretexto para recibir visitas. Hoy, en las salas del Museo Mario Brozoski es posible admirar los restos del naufragio de un pequeño buque que surcó los mares australes.

La curiosidad geográfica constituida por la ría –un río que en tiempos prehistóricos secó su cauce y dejó entrar a las aguas del mar-, bordeada por formaciones de acantilados, significó para otras personas algo menos lírico y mucho más dotado de sentido práctico.

En el bravío Atlántico sur, la zona constituye un puerto natural, que los marinos lanzados a la conquista y exploración de tierras y rutas comerciales bien pronto supieron aprovechar para descansar o reparar sus naves en camino hacia los confines de la tierra.

Corría el año 1770 cuando la Swift exploraba la costa patagónica. El viento del sur soplaba fuerte ese 17 de marzo, y el capitán George Farmer decidió buscar refugio en esta  ría –a la que Thomas Cavendish había dado nombre por su buque “Desire”-. Creyó haber encontrado la calma al dejar hundirse las anclas, pero no contó con que al bajar la marea el casco se estrellaría contra una roca. Pocos minutos después la corbeta se hundía y se llevaba consigo la vida de tres marineros. Los otros 88 tripulantes fueron rescatados.

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Nunca más se supo de la Swift, hasta poco más de 200 años después. En Puerto Deseado, todos habían escuchado del naufragio, pero nadie sabía que los restos de una auténtica cápsula del tiempo estaban a apenas un centenar de metros de la ciudad, a poco más de quince metros de la superficie. En 1975, desde el otro lado del globo, se acercó un tal Patrick Rodney Gower. Llegado desde Australia, este descendiente del teniente Erasmus Gower venía tras una pista sustentada en la narración de su familiar.

El forastero de ultramar

Quienes más prestaron sus oídos al relato del forastero fueron unos estudiantes del colegio secundario. Entre ellos estaba Mario Brozoski (fallecido años más tarde y en cuyo honor se bautizó el museo de la corbeta Swift). Llenos de entusiasmo, iniciaron una exhaustiva investigación y, cuando se sintieron seguros del lugar exacto donde se hallaba el naufragio, pidieron el apoyo del club de pesca local para lanzarse a la aventura.

En 1982 esta historia de leyendas familiares y osadía adolescente comenzó a cobrar sus frutos, cuando salieron a flote los primeros restos. Más tarde, las autoridades se interesarían en los hallazgos, y a través del CONICET se originaría el más importante proyecto argentino de arqueología submarina.

A partir de sucesivas campañas de un trabajo que dura hasta nuestros días, la Swift ha ido paulatinamente volviendo del olvido, y en las salas del museo Brozoski se pueden ver los utensilios que marcaban la vida en alta mar.

Si se tiene en cuenta que durante los últimos años del siglo XVII se dieron notables innovaciones tecnológicas que alcanzaban al arte de la navegación, los objetos cobran un mayor interés cultural. Por ejemplo, en aquellos tiempos se estrenaban avances que permitían calcular con mayor exactitud la posición geográfica, o se experimentaba con los primeros cronómetros marinos.

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Pero también en esta fascinante colección se encuentran, con la bendición de no haber sido afectados por la acción del hombre, cosas bastante más cotidianas. Como los envases con su contenido original adentro o las piezas de vestuario.

Se hallaron recipientes con restos de comida, o botellas de ginebra con el corcho puesto, así como zapatos y cinturones que permiten más de dos siglos después reconstruir lo que era el quehacer de la marinería inglesa.

Las piezas de porcelana hablan, en contraste con otras vasijas, de las fuertes diferencias entre la oficialidad y los marineros rasos, y el lujo con que se conducían los auténticos lores del mar.

El ferrocarril

El otro museo importante de Puerto Deseado se alza en uno de sus edificios emblemáticos. Construida en 1911 por picapedreros yugoslavos, la estación de ferrocarril era la cabecera de un trazado que debía concluir en Bariloche, pero que –costumbre habitual en nuestro país- nunca se concluyó y durante el gobierno militar fue cerrado por “falta de rentabilidad”.

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En las dos plantas de esta enorme construcción, que poco tiene que envidiarle a las terminales ferroviarias de las grandes ciudades, se aglutina una creciente colección de objetos relativos a la vida en torno a los rieles. Pero también un importante cúmulo de anécdotas, que vienen de la boca de sus propios protagonistas.

El museo es atendido por los viejos trabajadores del tren, quienes tuvieron la iniciativa de recuperar este edificio y fueron los principales donadores de la colección.

Ellos recuerdan los tiempos en los que la única manera de vencer a la distancia era gracias a las humeantes locomotoras. Con cierta añoranza, hablan de tiempos en los cuales el ganado iba y venía sobre esas vías. También recuerdan momentos que les llegaron de sus mayores. Pero, lejos de cualquier desconsuelo, se entusiasman.

La historia del Vagón

Basta recorrer unos cientos de pasos para encontrarse, a unas pocas cuadras de la estación, con otro capítulo de esta historia sobre rieles. En una plaza se encuentra el denominado Vagón Histórico, una pieza de madera que recorrió aquella trunca línea férrea. Conservado en un estado impecable, su litera, sala de estar y comedor habla a las claras de la jerarquía de las personas que lo utilizaban.

El vagón de por sí tiene cosas para contar. Utilizado por el coronel Varela, quien mandó fusilar a los huelguistas de la década del 20 del siglo pasado, el vagón cayó en el olvido y en 1980 fue vendido como chatarra. Enterado de esto, el pueblo deseadense salió a cortar el paso de su salida de la ciudad y logró recuperarlo para el patrimonio histórico de su comunidad.

Puerto Deseado, a través de estas muestras permanentes, relata tan sólo algunos capítulos de su rica historia. Un trayecto signado por los espíritus de aventura, enmarcado en uno de los paisajes más originales de la Argentina, y habitado por una naturaleza casi siempre acogedora y a veces cruel.

Más para ver

Además de la fuerte presencia de la historia, Puerto Deseado se caracteriza por una naturaleza increíble. La ría, un accidente geográfico único en Sudamérica, alberga la más amplia variedad de fauna, que incluye cormoranes, gaviotas, ostreros, lobos marinos, pingüinos de Magallanes y toninas overas.

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A unos pocos minutos de navegación, la Isla Pingüino ofrece una de las pocas colonias continentales de pingüinos de penacho amarillo (rockhoppers).

Más información: Dirección Municipal de Turismo de Puerto Deseado. San Martín 1525 (9050) Puerto Deseado, Santa Cruz. Tel. (0297) 4870220

turismo@pdeseado.com.ar

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