Nuevo año, nuevos buenos propósitos

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Satisfacción proporcional al esfuerzo invertido

Fotos: pixabay

Dr. Jose Manuel Orrego Alvarez*

Nuestro calendario, impuesto de manera arbitraria por enmarañadas circunstancias históricas o quizás prácticas, es cada día más ajeno a los periodos de laboreo, ciclos astronómicos y demás avatares terrestres o estelares. Aunque nuestro amigo numérico marca un compás con un profundo significado cultural y psicológico, carece hoy en día de aquel sentido lógico del que gozaba en la antigüedad.

Este singular recorrido sideral está repleto de hitos que van aliviando la monotonía: el día de la paz, el día del niño, el día del libro… pero nuestro caprichoso comienzo de año es para muchos el día más importante de todos. El 1 de enero es una fecha especial en la que se palpa un sentimiento de expiación de culpa, de renovación, de segunda oportunidad, y por qué no de renacimiento. Este paradigmático momento, intoxicado a veces por los excesos del día anterior, nos anima y estimula para que fijemos unos propósitos o buenas intenciones para regocijo de academias de idiomas, gimnasios y establecimientos dietéticos.

Como bien saben los psicólogos deportivos y los coaching personales marcarse un objetivo constituye el primer paso para conseguirlo, por eso el establecimiento de una meta es imprescindible para alcanzar cualquier fin, pero cuidado porque esta inflación puede desmoronarse de golpe causándonos una desagradable sensación de fracaso y frustración, y es que muchos de nosotros somos durante estos días irrealmente optimistas.

Desde un punto de vista psicosocial y llevando esa reflexión a todas las dimensiones de la vida, es muy positivo fijarnos una meta, las personas necesitamos motivación para llevar a cabo nuestros propósitos. No olvide que detrás de toda hazaña épica… y también como no, de las grandes “burradas” de la historia, ha existido y existirá, ese irrefrenable estado mental.

El problema que surge cuando nos planteamos nuevos retos para el futuro es que casi nunca cumplimos esos propósitos. Entonces, ¿qué es lo que falla? Antes de responder a esta cuestión, admitamos que cometemos ciertos errores: seguimos fumando, continuamos con nuestros hábitos sedentarios, descuidamos amistades… entramos en un bucle conocido como disonancia cognitiva; sabemos que lo hacemos mal, pero seguimos insistiendo, aunque esta incapacidad nos produzca gran frustración.

Ese intento de controlar nuestra propia vida al fijar objetivos poco realistas peca de lo que se conoce como optimismo irreal, y como le ocurría a Sísifo, que fue condenado a subir una enorme piedra hasta lo alto de una montaña una y otra vez sin lograrlo, nos obstinamos en perseguir retos imposibles.

¿Podemos superar esta contrariedad? Sí, pero tenemos que seguir unas reglas.

La primera es definir correctamente los objetivos para que éstos queden condicionados por nuestras acciones y no por terceras personas. Si quiero que mi lugar de trabajo esté más ordenado, quizás no sea total responsabilidad mía, con lo que la actuación de los otros hará que este objetivo se escape de mi control.

Otra regla es ser realista, no plantear metas inalcanzables. Como se ha dicho, uno de los principales problemas es el falso optimismo: si usted no es ni guapo, ni rico, ni famoso defina otras aspiraciones más sensatas, créame que existen otros deseos más terrenales.

Otra norma es definir los retos de una forma concisa, nada de generalidades tipo “llevar una vida más saludable”, “ser feliz” o “aprender idiomas”, debemos planificar un abordaje progresivo, paso a paso, de una forma honesta, plausible y sin prisas. Si quiero mejorar mi salud empiece por concretar “iré al gimnasio cuarenta minutos los lunes y jueves”, “eliminaré el pan de las comidas”, etc.

Por último y relacionado con el anterior, hay que establecer fechas o momentos concretos para alcanzar nuestros fines. Si demoramos demasiado nuestro ideal provocaremos un conflicto en nuestra mente; aspiramos a ese deseo, pero como no estamos continuamente perseverando en él, nuestro cerebro puede caer en un estado de estrés: divida el objetivo general y establezca metas a corto plazo. A ciertas personas les resulta útil escribir sus planes, no es una mala idea, podemos ir tachando logros en nuestro recién estrenado almanaque y así vigilar nuestros progresos.

Para finalizar, quiero decirle que sea cual sea su buen propósito para este 2017 va a necesitar una gran dosis de ánimo y obstinación, pero al menos consuélese sabiendo que la satisfacción que va a recibir será proporcional al esfuerzo invertido.

Feliz Año Nuevo.

* Dr. Jose Manuel Orrego Alvarez es Doctor por la Facultad de Psicología de Oviedo, Maestro y Pedagogo. Colabora como columnista en varias publicaciones españolas. En la actualidad conjuga su actividad profesional como docente e investigador con un inmenso interés por descubrir y transmitir cualquier tema relacionado con la conducta, la educación y la cultura.

 

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