México, ¿gigante con pies de barro en turismo de reuniones?

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Elevar la calidad, de dicho, pero los hechos hablan

La formación y capacitación profesional es indispensable en todas las industrias, sobre todo en aquellas en las que se pretende competir a nivel internacional con los grandes jugadores, como es el caso del segmento del turismo de reuniones. En México, aunque se trabaja en ese sentido, tal parece que insistimos en mantener vicios en la preparación de nuevos cuadros.

 Axel Trujillo de los Santos/Fotos: VEN AMÉRICA

Las exigencias, necesidades y tendencias en la industria del turismo de reuniones a nivel internacional cambian de un día para otro; ya no se trata sólo de conectividad, hospedaje y recintos, sino además de crear nuevas experiencias para los participantes, acciones de responsabilidad social, tecnología, proveeduría y profesionalismo de los prestadores de servicios en los destinos para recibir congresos, expos, ferias y viajes de incentivos.

De acuerdo con la más reciente clasificación de la International Congress and Convention Association (ICCA, por sus siglas en inglés), México no ha ingresado en el selecto grupo de los Top 20, es decir, de los países que acogen la mayor cantidad de congresos internacionales, de acuerdo con la clasificación y parámetros de este organismo, aunque lo ubica en el lugar 21, pero muy por debajo de otros países con economías menores.

En días pasados la Organización Mundial de Turismo dio a conocer la lista del Top Ten de países con mayor recepción de turistas internacionales durante el 2017, en la cual nuestro país se ubicó en el sexto lugar con 39.3 millones de visitantes, clasificación festejada por el Gobierno Federal como un gran logro, pero minimizó el hecho de no pertenecer al selecto grupo de los diez países con mayor captación de divisas al situarse en el sitio 16, muy lejano del cuarto lugar que ocupa Tailandia en dicha clasificación, pese a ser un país mucho más pequeño que el nuestro, y del séptimo sitio del lejano Australia.

México se ha ocupado en construir recintos para albergar congresos y citas profesionales de negocios, contar con mayor conectividad  e infraestructura en los diferentes destinos de la geografía nacional, así como en tener cada vez más personal y prestadores de servicios dedicados a atender las necesidades de dicha industria, a grado tal que los profesionales del subsector constituyeron el Consejo Mexicano de la Industria de Reuniones (COMIR).

No obstante, existen muchas dudas en cuanto a si verdaderamente la planta laboral dedicada al turismo de reuniones es realmente profesional, porque su desempeño deja mucho que desear, como quedó evidenciado en el XXV Congreso Nacional de Turismo de Reuniones organizado por COMIR, de acuerdo con los comentarios de varios de los asistentes, más otros “prietitos en el arroz” que en lo personal pude detectar.

Palacio de Convenciones

Trato discriminatorio y falta de conectividad

Lo anterior es aún más grave si se toma en cuenta que varios de los integrantes de COMIR tienen muchos años de pulular en el medio y han asistido a infinidad de congresos internacionales, expos y ferias para conocer a fondo la industria, tener claro el panorama y hacia dónde pretenden encaminarla para competir con los jugadores de primer nivel para atraer las más importantes reuniones profesionales y citas de negocios.

Durante el encuentro, autoridades de Turismo Federal, estatales, organizadores de congresos, empresas y representantes de destinos hablaron mucho de elevar la calidad en la prestación de servicios y otros dijeron que la industria está totalmente preparada para recibir grandes congresos internacionales.

En ese sentido, los organizadores nacionales de congresos y destinos deben saber que la atención a los medios de comunicación invitados a cubrir esos encuentros tienen que recibir trato igual al de los congresistas, ponentes y compradores por elemental sentido común.

Si los organizadores y destinos practican la diferenciación en el trato para unos y otros, gran parte de sus esfuerzos habrán sido en vano, porque entonces dejan en claro que los medios no son realmente importantes para ellos, sino un complemento “incómodo”. Y cuando esa premisa se generaliza la imagen de organizadores y destinos también deja mucho que desear: evidencia falta de profesionalismo y de interés, desperdicio de recursos, arrogancia.

Cuando un destino nacional pretende atraer congresos para sus recintos u hoteles, resulta importante ofrecer no una sino varias opciones de líneas aéreas, además de la conectividad para asistentes internacionales: el destino de congresos no debe estar, desde la Ciudad de México, a más de dos horas de recorrido en carretera, porque entonces el viaje tendría que realizarse en avión.

En el caso del reciente congreso de COMIR, realizado del 8 al 10 de agosto pasado en la ciudad de Zacatecas, la sede se ubica entre ocho y nueve horas por carretera, según el tráfico que, como es sabido para salir o entrar a la capital del país, por lo general resulta caótico. Y para los representantes de los medios de comunicación invitados a cubrir el citado congreso no hubo vuelo, sino un autobús, que llegó con retraso de 50 minutos al punto de reunión previamente convenido, y nada de desayuno; sólo té o café a bordo. Quien quisiera, que comprara algo de comer en un paradero predeterminado de la carretera.

Y hablando de calidad…

La “Callejoneada

Después de nueve horas de viaje, comimos en un restaurante de Zacatecas, cortesía de la Secretaría de Turismo estatal a cargo de Eduardo Yarto, pero sólo plato fuerte consistente en el típico guisado de boda zacatecano o arrachera con tostadas fritas y agua de Jamaica; nada de sopa o entrada; de postre una empanada frita rellena de arroz con leche. Quien deseara algo más tuvo que pagarlo de su bolsillo. Comenzó por darme mala espina la atención a los medios.

Después, puros bocadillos de comida y cena, como en el caso de la primera noche para recibir a los congresistas que, a decir de los organizadores, rompieron récord de asistencia: esperaban 400, pero llegaron 800. Esa tarde, se recibió a los asistentes en el teatro de la ciudad con una puesta en escena que remitió a la historia de la ciudad y al recinto, por parte de un grupo músico vocal.

Después todos salimos rumbo a lo que denominan la “callejoneada”, que consistió en una caminata por el centro, pasar por un callejón de una sola calle, desembocando la multitud en la plaza de un edificio histórico sin ninguna explicación y después caminar hacia otra plaza para bailar y proseguir rumbo al hotel Quinta Real, en cuyo patio que imita una plaza de toros se llevó a cabo la recepción, desangelada,  que no se animó en ningún momento pese a la música tradicional mexicana interpretada por numerosa orquesta, un espectáculo de danza y música electrónica. A partir de ahí comenzaron a surgir los comentarios negativos por parte de varios participantes, sobre todo por la tardanza en servir los bocadillos, fríos, por cierto.

También, a decir de algunos asistentes, la multitudinaria “callejoneada” pareció más bien un mitin político, porque no aportó realmente nada, sino una larga caminata. “Cómo es posible que hagan esto los organizadores del congreso, quienes se supone que saben de turismo de reuniones porque tienen muchos años de experiencia en el sector”, me comentó durante la recepción en el hotel Quinta Real la directora de una empresa especializada en grupos, en lo cual coincidieron otros congresistas.

Se supone que ese tipo de recepciones sirve también para hacer networking o relaciones de negocios en un ambiente relajado, pero no cumplió si ese era el objetivo de los organizadores. Poco a poco la gente comenzó a retirarse para buscar algún restaurante donde cenar de manera decente y otros a sus respectivos hoteles.

Al día siguiente, al menos en el hotel que me correspondió, el City Express, el desayuno “incluido” resultó “infame”, por el limitado “bufet” y el huésped tiene que servirse en platos y vasos, así como los cubiertos, desechables. Unos carteles aseguran que son biodegradables, al menos los platos de cartón, pero vasos y cubiertos quién sabe.

El agua de la regadera en la habitación que me asignaron nunca salió caliente. La respuesta de uno de los empleados al respecto fue que el establecimiento sólo tiene una caldera, por lo que resulta insuficiente dotar de agua caliente a todas las habitaciones. “Dicen que van a instalar otra caldera, porque en el diseño original no está incluida, pero no sabemos cuándo lo harán”, finalizó.

Un punto a favor de dicho hotel es que se encuentra cerca del moderno Palacio de Convenciones, donde se realizó el XXV Congreso Nacional de Turismo de Reuniones de COMIR, espectacular inmueble con vista a un paraje de pasto verde en verano, que en otra temporada del año lucirá árido.

Sin embargo, el sonido era pésimo en el salón más grande del recinto; con frecuencia resultaban ininteligibles muchas palabras expresadas por los ponentes, además tantos conceptos básicos resultaban innecesarias para los presentes, porque se supone que son profesionales del sector de turismo de reuniones y esos temas deben conocerlos al dedillo. Era como si les revelaran “la gran verdad” y a aplaudir se ha dicho.

Un congreso para qué

Chile zacatecano

Tengo la impresión que muchos de los asistentes son nuevos en este sector; otros, que asistieron porque quién sabe qué les depare el destino en sus respectivos estados donde cambie próximamente el gobierno; y unos más, porque “hay que ejercer el presupuesto para que no nos lo quiten el próximo año”. Pocos, realmente, acudieron con grandes expectativas que se vieron frustradas.

La crítica pública brilla por su ausencia, como si todo estuviera bien en el sector y nada tuviera que cambiar, aunque no faltó quien externara que Las Oficinas de Convenciones y Visitantes de los diferentes estados del país y los recintos para congresos están acaparados por “familias”, mas nadie se atrevió a abundar.

Y por si eso no fuera suficiente, la puntilla en el XXV Congreso de Turismo de Reuniones de COMIR la dio el Consejo de Promoción Turística de México (CPTM), con la comida que su director Héctor Flores Santana ofreció a los congresistas, aderezada con el pésimo servicio de banquete contratado.

La cocina tradicional mexicana, cultura comunitaria, ancestral y viva – El paradigma de Michoacán, fue inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, pero no quiere decir que toda la gastronomía nacional lo sea, aunque si ese fuera el caso al no ser tan estrictos, lo que el CPTM pagó como comida fue una verdadera burla. Y si es de sobra sabido que México es un país con un gran problema de obesidad, ¿por qué se insiste en acompañar las comidas, en este caso en un sector de alta gama como el turismo de reuniones, de refrescos?

El menú de la comida ofrecida por el CPTM consistió en dos “tacos envenenados”, que no son otra cosa que quesadillas rellenas de quién sabe qué fritas, bañadas con salsa picante y un chile verde “toreado” o asado ahogado en aceite. A esa hora los tacos estaban duros, pero todo mundo se los comió, como si fuera una verdadera exquisitez. Me pregunté: “¿Y éstos son los protagonistas del turismo de reuniones en México, los que pretenden estar por encima del turismo de ocio, pero se comen lo que sea sin importarles su salud y atender de igual manera a congresistas internacionales no acostumbrados a tanta grasa y picante?” ¡Vaya profesionales!

El plato fuerte consistió en chile zacatecano, que es un chile rojo ancho relleno de requesón bañado en escabeche de piloncillo, acompañado de gajos de papa y una zanahoria incolora. Nada que me hiciera cambiar de opinión acerca de la gastronomía de Zacatecas. De postre, pastel de plátano con salsa de cajeta, sumamente dulce, ideal para elevar los niveles de glucosa en la sangre, además de dulces típicos.

Contra lo anterior, vale destacar la ciudad como atractivo por sí sola, limpia, cuyos recorridos valieron el viaje, entre ellos el tour en autobuses descapotados de doble piso al Cerro de la Bufa, desde el cual se tienen hermosas vistas hacia la urbe; el recorrido en teleférico desde ese punto al hotel Bartuk, y la visita a la espectacular disco La Mina Le Club, una antigua mina a casi 400 metros de profundidad en un recorrido de 500 metros en trenecito, el único medio para entrar y salir de ella.

Antes de abandonar la heroica ciudad de Zacatecas, representantes de la Secretaría de Turismo nos invitaron a desayunar a un restaurante ubicado frente a la Alameda, donde por cierto volvió a brillar la atención: un café por persona solamente, un pan y chilaquiles con carne, plato para contribuir a las estadísticas de obesidad en México; quién quisiera algo más, “que lo pague”, le respondió la representante de Sectur Zacatecas a la mesera que le dijo que una periodista había pedido un jugo verde.

 

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