La Cena de Empresa navideña

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Estrategia empresarial u oportunidad para conocer a los compañeros Jose Manuel Orrego*/Fotos: Pixabay

Otra razón más para acudir a estas celebraciones es que resultan una oportunidad única para conocer a nuestros compañeros; quizás le sorprenda saber que esa persona con la que convivió tantos años, en realidad es una completa desconocida.

La psicosociología laboral considera “La Cena de Empresa” como una estrategia empresarial más para motivar a sus empleados. Ahora bien, esta maniobra tan habitual durante estas fechas puede tener un efecto… contraproducente. Pero antes de hablar de ello analicemos de forma breve dónde surge la costumbre de Las Cenas de Empresa.

No creo que nadie sepa con certeza el origen de esta controvertida moda. Algunos dicen que se remonta a Las Saturnales romanas, otros dicen que es una tradición americana relacionada con el Día de Acción de Gracias… Dejando a un lado esta controversia, lo cierto es que por estas tierras nos apuntándonos a esta ceremonia desde hace bastantes años y siempre con una intensidad equivalente a la actualidad económica imperante. Es decir, ahora que la crisis parece alejarse, esta tradición regresa con más intensidad que nunca.

Martín Seligman, uno de los precursores de la psicología positiva organizacional, aseguraba hace muchos años que un trabajador con sentimientos de alegría, pertenencia y orgullo por su empresa no sólo sería un hombre más feliz, sino que generaría más beneficios empresariales. Partiendo de esta teoría, la maniobra de la cena de empresa puede resultar provechosa para todos.

En consultoría sistémica resulta imprescindible involucrar al trabajador con la organización; los norteamericanos llevan aplicando esta técnica hace décadas y por eso aprovechan cualquier evento extralaboral para espolear nuestra necesidad de pertenencia.

Hasta aquí todo correcto, pero el problema de las cenas de empresa es que nuestro comportamiento puede traicionarnos. La convivencia con nuestros queridos y no tan queridos compañeros y también con nuestros jefes desposeídos de su feudo, puede darnos la falsa sensación de que el trabajo no tiene nada que ver con lo que está sucediendo en ese nuevo hábitat llamado bar o restaurante.

¿Por qué no?

Como hoy en día existen estadísticas para todo, déjeme darle un dato: más de un cuarto de los asistentes a cenas de empresa se arrepiente de su conducta. Entonces, ¿es aconsejable no acudir? Ni mucho menos, no se trata de renunciar a una oportunidad de pasarlo bien y de afianzar lazos sociales, pero… no olvide que la Cena de Empresa es una actividad laboral y como tal: “seguimos en el trabajo”– Mucho ojo con el alcohol y con los temas controvertidos, mejor deje la política para otro día-.

Cierto es que, acudir a la cena de empresa es un acto voluntario y es posible que si tomáramos la decisión de quedarnos en casa, probablemente estaríamos granjeándonos una fama de antisociales. Así que ¿Por qué no? -¡Vaya!, al fin y al cabo, suele pagarlo la empresa.

Otro tema que puede causar gran pesar a posteriori, es el recurrente flirteo que se da en estos actos. Como pasamos más tiempo en el trabajo que con nuestra familia (al menos despiertos), resulta tentador dar rienda suelta a esos sentimientos que mantenemos reprimidos en el entorno laboral. Si usted cree que está obrando correctamente, sepa que es una pésima idea. Pocas veces funciona, y al día siguiente hasta el conserje sabrá de sus desventuras pasionales. No es cuestión de publicar nuestras intimidades, -hágame caso y diga lo que tenga que decir, pero en otro momento.

Otra razón más para acudir a estas celebraciones, es que resultan una oportunidad única para conocer a nuestros compañeros, quizás le sorprenda saber que esa persona con la que convivió tantos años, en realidad es una completa desconocida y gracias a este nuevo contexto usted puede descubrirla.

De vez en cuando es muy sano desinhibirse de la formalidad de nuestras rutinas y la Cena de Empresa puede ser una catarsis liberadora donde uno puede desahogarse, y aparcar la contención del trabajo.

Pero recuerde lo que dijo Cicerón, considerado entre otras cosas uno de los mejores anfitriones de la historia: “Prefiero una silenciosa prudencia que no una tonta locuacidad”.

*Jose Manuel Orrego, es Doctor por la Facultad de Psicología de Oviedo, Maestro y Pedagogo. Colabora como columnista en varias publicaciones españolas e iberoamericanas. En la actualidad conjuga su actividad profesional como docente e investigador con un inmenso interés por descubrir y transmitir cualquier tema relacionado con la conducta, la educación y la cultura.

 

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