El mito de la lectura

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Más calidad y menos cantidad

¿Será cierto que la lectura es el mayor indicador de “cultura” de nuestra sociedad? ¿El acto de leer convierte necesariamente al lector en un sabio o en una buena persona? Recuerde que la cárcel está llena de ávidos lectores.

Jose Manuel Orrego*/Fotos: pixabay

Normalmente cuando en un pasillo concurrido van todos en el mismo sentido y alguien se da la vuelta, lo normal es que se lo lleven por delante. Eso es lo que ocurre cuando dices que leer no es tan bueno como dicen.

Quién se atreve a contravenir la existencia del mito más arraigado en el imaginario colectivo que afirma categóricamente que leer no es bueno sino bueniiísimo -Pues yo digo: depende-. Recuerde como el mismo Cervantes parodió en la figura de Don Quijote el efecto nocivo de la ingesta de libros; piense también en la influencia que tuvo el Mein Kampf en las jóvenes generaciones alemanas de los años 20; y qué me dice de toda esa pléyade de literatura de “segunda” tipo autoayuda, con títulos de la guisa de: “Persigue tus sueños”, “Sé feliz”, “Hágase rico leyendo esta…”.

Que hay basura literaria, es innegable; y que es mejor pasear por el parque o ver la televisión antes que leer dicho material, también.

Aunque la anterior consideración parezca obvia resulta terrible defenderla, sobre todo cuando la generalidad piensa que la lectura es el mayor indicador de “cultura” de nuestra sociedad. Hace pocos días el NOP Word Culture Score aseguró que los hombres leen menos que las mujeres, que los japoneses y coreanos son los que menos horas leen y los indios los que más.

Lo cierto es que quien hace esas encuestas se cuida mucho de no emitir juicios e imprudentemente deja los datos ahí, para que la gente saque sus propias conclusiones sin dar más explicaciones, y es por ello que la masa infiere que: el hombre es tonto, los coreanos y japoneses son burros y los indios intelectuales. Estamos rodeados de falacias de todo tipo, pero ésta en concreto me exaspera.

Según los últimos datos, en España se publican más de 87.000 títulos al año y en Iberoamérica alrededor de 200.000 o lo que es lo mismo 547 libros diarios con su ISBN en regla. Con estas cifras resulta evidente pensar que muchos de los textos sean un auténtico churro. Por eso mismo el acto de leer no convierte necesariamente al lector en un sabio o en una buena persona.

El que una obra literaria beneficie o no al destinatario depende no sólo de la calidad de la misma sino de otros factores como la edad del lector, su situación anímica, el nivel intelectual, el grado de interés que pueda despertarle, su pertinencia… y aun así, nadie podría afirmar que después de haber leído una obra magna uno se enriquezca automáticamente, ¿acaso soy mejor persona por haber leído 100 años de soledad? Recuerde que la cárcel está llena de ávidos lectores.

El que las editoriales se quieran enriquecer metiendo en un mismo frasco toda la producción literaria argumentando que cualquier libro va a resultar beneficioso, es como si llenáramos una mochila de alimentos de cualquier índole y dijéramos “coma, coma, que todo le sentará de perlas” -pues sepa que en esa mochila hay verdadera porquería y además aunque fuera comida saludable, ésta no tiene por qué irle bien a todo el mundo.

Ahora bien, otra historia es saber a qué llamamos calidad dentro del popurrí cultural que nos toca vivir. Apostaría a que la mayoría de la gente identifica la excelencia partiendo del modelo cultural propio. Y es que, como ven, la perspectiva emic siempre está presente en este tipo de valoraciones.

Pese a que esta reflexión no tiene la intención de relativizar el tema, no me queda más remedio, y a pesar de que todos sabemos que cualquier hecho humano es cultural, al decir que la producción literaria beneficia a todos los lectores deberíamos matizar: “la mala nunca y la buena a veces”, por lo que tendríamos que prestar más atención a la calidad y menos a la cantidad.

*Jose Manuel Orrego, es Doctor por la Facultad de Psicología de Oviedo, Maestro y Pedagogo. Colabora como columnista en varias publicaciones españolas e iberoamericanas. En la actualidad conjuga su actividad profesional como docente e investigador con un inmenso interés por descubrir y transmitir cualquier tema relacionado con la conducta, la educación y la cultura.

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