Cataratas del Iguazú

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Únicas y maravillosas

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Con más de 270 saltos, impactan al visitante y lo dejan sin aliento. Se las puede recorrer desde las pasarelas o en embarcaciones. Desde 2011, son una de las nuevas Maravillas Naturales.

Visitar un Parque Nacional argentino siempre es una experiencia que une al visitante con el paisaje. Aunque en la escenografía de Iguazú, donde están las célebres Cataratas, esta experiencia se vuelve más intensa. De pronto, el río que da nombre al parque abre su cauce en una inmensa “U” de 1.500 metros de ancho y se deja caer desde una altura máxima de 80 metros, en la llamada Garganta del Diablo.

Es un caudal inmenso, que estalla tras precipitarse de este escalón en otros 274 saltos. El brillo del sol, la neblina de agua que emerge desde el fondo, el cielo azul y las aves que surcan esta atmósfera alborotada componen con la selva de fondo un instante sensorial que avasalla de buenas emociones al visitante. Y que seduce al mundo entero: Descubiertas en 1542 por un grupo de exploradores españoles encabezados por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en 2011 fueron declaradas una de las Nuevas Siete Maravillas Naturales.

Después de pelearse en un combate colosal con escollos, islotes, troncos sumergidos y paredes de roca inconmovibles, el agua del río Iguazú encuentra su curso, se sumerge otra vez en la quietud de la selva y fluye al sur, hacia otro gigante: el Paraná, 23 kilómetros abajo.

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Pero para apreciar el verde tropical que Misiones ofrece, sólo hay que “bajar” por las aguas del Iguazú seis kilómetros, hasta el embarcadero Macuco. Allí se abordan botes ecológicos que vuelven hacia el cañón del estruendo. De a poco, el caudal se encrespa y se cubre de espuma. Una fuerte brisa y llovizna, provocada por el agua, golpea el rostro. Casi se llega debajo de los saltos San Martín y Los Tres Mosqueteros. La calma vuelve con el desembarco en la Isla San Martín.

Otra etapa del recorrido se desarrolla río arriba, antes de las caídas. Por los brazos y afluentes del Iguazú, un recorrido en botes de goma permite admirar en directo la variadísima vida natural del Parque, que es refugio para animales amenazados de extinción como el yaguareté o jaguar, el tapir y el ocelote.

Al mismo tiempo, se desliza en un curso “techado” con árboles de palmito, cañas de bambú, palo rosa y lapachos negros y rosas. También se lucen el curupay, el cupay, el laurel blanco, el aguay y el ingá y el ceibo cubiertos de mariposas.

Más allá, coatíes y simpáticos mamíferos acuáticos merodean Puerto Canoas. Hasta acá, dos planes para recorrer las 67.000 hectáreas de este monumento natural imponente. Único.

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