El renacer OVNI

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O la obsesión por lo “trascendente”

El triunfo de personas extravagantes o charlatanes en los mass media con inusitada vitalidad revela que gran parte de la población es incapaz de discernir entre especulaciones atrevidas y la verdadera ciencia. La superabundancia de información nos hace más ingenuos y vulnerables a las noticias falsas o rumores.

Jose Manuel Orrego*/Fotos: Pixabay

Desde hace mucho tiempo la obsesión por lo “trascendente” ha dejado de ser monopolio de la religión. Cierto es que el conocimiento científico ha respondido a muchos interrogantes, pero esta efímera seguridad ofrecida por el paraguas tecnológico aún no ha sido capaz de satisfacer la inquietud del hombre moderno. Parece ser que en esta eterna búsqueda metafísica –créame que todos, por muy pasotas que seamos, de forma consciente o inconsciente perseguimos–, algunos caen en las llamadas pseudociencias.

Aunque resulte paradójico, todos sabemos que la superabundancia de información nos hace más ingenuos y vulnerables a los camelos, muestra de ello es la oleada de programas falaces que en horas de máxima audiencia saturan las cadenas al estilo de: Cuarto Milenio, Hora punta, Misterios, Alienígenas: caso abierto, Ovnis: la evidencia perdida… por citar alguna de la patraña televisiva que envenena a la audiencia más crédula.

La temeridad de los divulgadores que conducen estos espacios llega al extremo de afirmaciones como: oler limones cura el cáncer, que los huracanes son producidos por el hombre, que las vacunas están relacionadas con el autismo, que los asesinos se identifican por la cara, o… –yo qué sé cuánta necedad más.

De cada temática podríamos hacer una larga reflexión –asunto que no descarto para futuras meditaciones–, mas hay una que me resulta peculiar: el asunto ovni. Hace tiempo pensé que la creencia en seres verdes con grandes cabezas rodeadas por peceras y de prodigiosa inteligencia había muerto con el teléfono de “rosca”, pero lejos de ello vuelve a interesar al público.

“Conspiraciones”

Cada vez que enciendo la tele en la prime time –como diría el snob–, me encuentro con una historia conspiranoica de marcianos, con documentos ultra secretos desclasificados, o con pinturas rupestres que evocan trajes espaciales… –menos mal que gracias al dominio de los megapíxeles ya no proliferan fotos de alienígenas.

Dado el continuado incumplimiento de vaticinios al estilo “contacto” o de desengaños como el descubrimiento de vida inteligente en el Sistema Solar, resulta curiosa la obstinación de los autoproclamados ufólogos o simpatizantes del género. Estos fieles no se resignan al dominio de la razón, sino que con más fe que nunca resucitan el mito OVNI con la misma vitalidad que hace medio siglo.

Por eso no nos sorprende el regreso de aquellos seres burdos y grotescos basados en proyecciones psicológicas de imágenes arquetípicas, seres anacrónicamente extravagantes que triunfan en los mass media con una inusitada vitalidad, revelando el estado cultural de gran parte de la población que no es capaz de discernir entre especulaciones atrevidas y la verdadera ciencia. Y de esta forma tan ingenua, presentadores populares encandilan a una audiencia ávida de shows irracionales y de disparates maquillados de ciencia.

Está claro que los medios lo único que hacen es satisfacer a la audiencia, al fin y al cabo en nuestra mano está apagar o encender el televisor. Pero tiene que existir cierta ética, no se puede engañar al público aunque éste lo reclame –¡No más democracia televisiva! –. La crisis periodística no puede justificar el uso de titulares rescatados de comic de los años cincuenta, debe comprometerse en cuanto a los contenidos pseudocientíficos.

Tampoco son menos culpables algunos científicos que por un minuto de gloria colaboran con el más consumado charlatán o aquellos que tienen la mente tan compartimentalizada que, pese al dominio de su parcela, caen en supersticiones ajenas.

Volviendo al tema, no resulta descabellado pensar que no estamos solos en el Universo,  -es cuestión de estadística astronómica-, pero de ahí a la creencia de que “están entre nosotros” o que construyeron las pirámides de Egipto o que se parecen al género humano… –eso es muy gordo–.

Lo verdaderamente inquietante del tema es ¿por qué renace precisamente ahora esta moda? Quizás sólo sea casualidad que desde hace un tiempo se cuaja una atmósfera sideral, un renacer del interés estelar propiciado no sólo por la irrupción de la saga Star Wars, sino por iniciativas privadas como las del fundador de Paypal o Tesla, Elon Musk, que no tenía nada mejor que hacer que poner un coche en órbita, o los comentarios de Hilary Clinton y su intención de descubrir los documentos clasificados por el Gobierno, los famosos expedientes X, o por el deseo de Donald Trump de enviar a otro hombre a la luna –por cierto han pasado casi cincuenta años–, o por la fascinación perpetua que despierta el descubrimiento del cielo o quizás simplemente sea porque: estamos aburridos de mirarnos a nosotros mismos.

*Jose Manuel Orrego es Doctor por la Facultad de Psicología de Oviedo, Maestro y Pedagogo. Colabora como columnista en varias publicaciones españolas e iberoamericanas. En la actualidad conjuga su actividad profesional como docente e investigador con un inmenso interés por descubrir y transmitir cualquier tema relacionado con la conducta, la educación y la cultura.

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